LOS ALMACENES GIMÉNEZ; UNA JOYA DE LA ARQUITECTURA SEVILLANA EN ANTOFAGASTA

Inaugurado en 1924, fue el mayor y más moderno edificio comercial de la zona norte de Chile. Su impulsor, el español Ismael Giménez y Giménez, transformó sus sueños en una realidad perdurable, alzando en Antofagasta una réplica de una joya de la arquitectura regionalista sevillana

Por Juan Antonio García-Cuerdas

Ismael Giménez y Giménez, creador de los Almacenes Giménez. (en Forjadores de Antofagasta: 148 años de historia, pág. 146).

Se cerraba el siglo XIX y los tiempos no eran fáciles ni prometían mejoras para las reducidas labores de labranza y ganadería de los habitantes de la Sierra de Cameros, entonces parte de la provincia de Logroño, hoy denominada provincia de La Rioja. El esplendor y prosperidad de la secular trashumancia de la oveja merina ya era un recuerdo y la jornada diaria estaba enfocada en el cultivo de una tierra yerma y poco generosa que padecía los rigores de un clima montañoso de extremada dureza.

Una intensa sangría de jóvenes que emigraban con poco más de quince años venía afectando a esta comarca desde inicios de ese siglo. Los destinos preferidos estaban en el sur de España; Andalucía y Extremadura. Gran parte de estos jóvenes zagales se radicaban allí seducidos por el clima cálido y placentero que tornaba el carácter animado y expansivo, logrando prosperar en el comercio y la industria al amparo de parientes radicados con anterioridad. Hacia fines de la centuria la emigración había comenzado a dirigirse también hacia Argentina y Chile.

Nieva de Cameros no escapaba a esta realidad y veía disminuir su población juvenil año tras año. El matrimonio formado por Ciriaco Giménez Losilla y María Casimira Giménez Blanco, sabía que no podía sustraer a sus hijos de este destino. Tres de ellos (Ismael, Dominica y Benjamín) emigrarían a Chile. Ismael, nacido el 14 de marzo de 1882, hizo sus estudios básicos en Nieva y antes de la llegada del nuevo siglo ya se encontraba trabajando como dependiente en uno de los comercios del centro de Sevilla, propiedad de cameranos. Durante su estadía en esta histórica ciudad, nacería su amor incondicional por ella que lo acompañaría el resto de su vida.

Ismael Giménez emprende el rumbo hacia el norte de Chile

Sin embargo, no pasó mucho tiempo para que dejase atrás la capital hispalense y emprendiese, con renovadas esperanzas, el rumbo hacia Chile, donde llegó en 1910. El puerto de Taltal, situado en el árido Norte Grande de Chile, lo aguardaba con una oferta de trabajo en la tienda de un coterráneo. En ese tiempo, tres familias españolas procedentes de Nieva de Cameros tenían en esa localidad importantes establecimientos comerciales. Taltal, impulsado por el auge de la explotación del salitre que desarrollaban dieciocho oficinas cercanas, era un hervidero económico en el que los comercios producían cuantiosos beneficios a sus dueños

Puerto de Taltal, 1905. Postal, editor Carlos Brandt. (en https://atacama.hypotheses.org/1069).

Sin embargo, el puerto y ciudad de Taltal con sus calles polvorientas y toscas casas de madera, que en 1912 cobijaba a unas quince mil personas, le debe haber parecido un escenario menor a don Ismael para ver cumplidos sus sueños. En cinco años juntó un pequeño capital y decidió establecerse por cuenta propia en la cercana ciudad de Antofagasta, capital de la provincia, que contaba entonces con una población cercana a los 35.000 habitantes. En 1915, asociado con el gallego Enrique Longueira Castro, estableció su primer comercio de venta de ropa y productos importados bajo el nombre de La Camelia (1). Un año más tarde retornó a Taltal por breves días con la intención de casarse. Allí había conocido a la también riojana María del Valle Hoyuelos, con quien regresó a Antofagasta (2).

La fortuna comenzó a sonreírle desde un inicio. La Camelia vendía incesantemente sus productos a los enriquecidos antofagastinos y a los obreros que bajaban de las 45 oficinas salitreras situadas a su alrededor. La fiebre del “oro blanco”, como era conocido el salitre, lograba que el dinero circulara vertiginosamente y así los beneficios pecuniarios de ambos socios se fueron multiplicando prodigiosamente durante la década de 1910. Antes de 1920 Longueira se retiró de la sociedad para regresar a España y quedó don Ismael como socio mayoritario.

Su gran sueño dorado comienza a materializarse

En 1918 compró un sitio cercano a La Camelia, estratégicamente situado en la esquina de la calle Matta con Baquedano. Pocos meses después de esta adquisición volvió a España junto a su mujer, para visitar a sus respectivas familias, y de paso regresó a Sevilla. Un día, caminando por el casco antiguo de esta ciudad, se detuvo con asombro frente al edificio que acogía a una gran casa comercial llamada Ciudad de Londres, en la calle Cuna. Era un formidable edificio de cuatro plantas, tres de ellas comerciales, de estilo neomudéjar con claras reminiscencias moriscas y proyectado en 1912 por el conocido arquitecto sevillano José Espiau y Muñoz, quien también diseñaría durante la década siguiente el Hotel Alfonso XIII de esa ciudad (que hoy sigue siendo uno de los más lujosos de España). Absolutamente fascinado por el inmueble, buscó a Espiau y compró los planos para alzarlo en el terreno que acababa de adquirir en Antofagasta. Esta construcción cobijaría a la gran tienda que tenía en mente levantar (3).

Edificio Ciudad de Londres en Sevilla, inaugurado en 1914. Vista reciente. (en BulevarSur; ABCdesevilla).

De regreso en Chile contrató al joven arquitecto y constructor catalán Jaime Pedreny Gassó, residente en Antofagasta –donde había ganado merecida fama por sus variadas obras– y en conjunto dieron inicio a la gran tarea. Pero Pedreny no se limitó solo a copiar; desarrolló una personal reproducción de mayor envergadura (4) (con mayor número de metros cuadrados por planta) y efectuó variaciones (modificó los balcones de la esquina ampliando el número de arcos de herradura, trasladó una tercera “torre” lateral desde la derecha hacia la izquierda, etc.) trocándolo en un edificio, a nuestro juicio, más imponente que el original. Los trabajos se iniciaron en 1921, en medio de una crisis de las exportaciones salitreras que había comenzado en 1919 y que duraría hasta 1922 (5).

           Durante tres años los vecinos veían con estupor como iba tomando cuerpo esta bella edificación de caprichosas y desconocidas formas geométricas, con 28 metros de altura, cinco pisos y una gran terraza. La mayoría de los materiales debieron ser importados. El cemento era de procedencia sueca, la cerámica que tapiza partes de la fachada fue traída de Sevilla y los forjados ornamentales y vidrieras de diferentes partes de Europa (6). Muchos pensaban que con la economía por los suelos era un verdadero derroche y una locura seguir adelante con esta colosal obra que no tenía parangón en esta pequeña ciudad periférica ni en ninguna otra al norte de Santiago. Sin embargo, don Ismael no se amilanaba y seguía adelante con su edificio, soñando con ver ese jirón de España erguido lo más pronto posible. Pero no sólo el exterior evocaba a Sevilla. El quinto piso, destinado a habitación de la familia, fue decorado por el pintor chileno Sixto Rojas (el mismo que intervino artísticamente los muros del Centro Español de Iquique) con murales representativos de imágenes emblemáticas de Sevilla (el Parque de María Luisa, La Giralda, la Catedral) y de rincones populares de esa ciudad.

El fervor hispanófilo de don Ismael quedaba en evidencia no solo en esta edificación, también en otras circunstancias, como en la festiva “cuña” propagandística –las que publicaba con frecuencia en la prensa y destacaban por su originalidad–, que mandó colocar en un diario de la ciudad el 12 de octubre de 1924:

Aunque no quiera el Sr. Caruso
ni todos los demás Sres. italianos antofagastinos,
Colón fue español,
como española y sevillana es la tiendecita
que en el crucero de Matta con Baquedano está levantando Giménez.

Se inaugura una joya arquitectónica que acoge a la primera tienda por departamentos del norte de Chile     

Edificio de los Almacenes Giménez, inaugurado en 1924 en Antofagasta. (en Flickr: Santiago Nostálgico de Pedro Encina).

A fines de 1924 la muerte de su pequeña hija María, con dieciocho meses de edad, retrasó la inauguración de la obra. Superando el dolor de la triste pérdida, la ceremonia se efectuó de manera discreta el 17 de diciembre de ese año. La ciudad finalmente observó asombrada el tamaño de esta edificación y su belleza blanquecina salpicada por azulejos multicolores. Los antofagastinos se encontraron con una genuina y pionera tienda por departamentos que daba cabida a todo tipo de secciones (ropa, zapatería, sastrería, juguetes, etc.) y que contaba con un ascensor Schindler para comunicar las diferentes plantas. Fue el primero de la ciudad y del norte de Chile. El costo de la obra fue de aproximadamente 1.500.000 pesos chilenos (7), equivalentes a 40.661 libras de la época (8). Cifra que actualizada al año 2021 corresponde a unas 2.470.000 libras esterlinas (9).

Patio central del edificio con luz cenital que daba vista a las diferentes secciones. (en Álbum España y América, Tomo-Chile, año 1926).
Sección camisas y ropa de hombre
(en Álbum España y América, Tomo-Chile, año 1926).
Sección sastrería. (en Álbum España y América, Tomo-Chile, año 1926).
Uno de los varios murales situados en el quinto piso, utilizado como vivienda por la familia. (en Flickr: autor, Fernando José Ignacio Gárate Parra).

Los años siguientes fueron de gran prosperidad económica y los Almacenes Giménez marcaron la pauta comercial de la ciudad, con sus productos importados y de confección nacional, obteniendo una merecida fama. Sin embargo, una profunda crisis mundial se hallaba a la vuelta de la esquina.

La crisis económica obliga a bajar temporalmente las cortinas de los Almacenes Giménez

Hacia fines de la década de 1920 la economía chilena fue duramente golpeada por la crisis de la industria salitrera, que ya venía en los años previos mostrando señales intermitentes de decadencia. La crisis esta vez sería definitiva. El oro blanco ya no podía competir con el nuevo salitre sintético. Por su parte, la Gran Depresión se hizo presente a inicios de la década de 1930 y la economía mundial y local se vieron afectadas por una profunda recesión. En Antofagasta escaseaba el dinero circulante, los clientes ya no compraban y los mostradores estaban vacíos. La población comenzó a emigrar hacia Santiago.

Esta violenta baja de las ventas acercó a los Almacenes Giménez a una virtual quiebra. Don Ismael se resignó a las adversas circunstancias y previsoramente decidió cerrar la tienda, esperando tiempos mejores. Empero, su fe inquebrantable lo mantuvo con el espíritu en alto. Se empleó como sastre en una casa importadora alemana y siguió luchando confiado en un futuro mejor. De lunes a sábado estaba detrás de un mostrador y en las noches trabajaba cortando y cosiendo ropa junto a su mujer, la que vendía los fines de semana visitando ciudades y pueblos cercanos. Volvió a juntar los recursos necesarios y logró reabrir los Almacenes un año más tarde. Esta vez lo acompañaba en el intento el mayor de sus hijos, también llamado Ismael (1917), quien continuaría en adelante asociado junto a su padre. La recuperación duraría largos años y los Almacenes Giménez lograrían continuar vigentes varias décadas más, incluso abriendo sucursales, para finalmente rendirse ante la modernidad y bajar las cortinas en agosto de 1985.

No fue su dedicación al comercio lo único que motivó a don Ismael, también destinó su tiempo al desarrollo de actividades filantrópicas en beneficio de la comunidad. En 1924 fue elegido presidente del Centro Español, institución en la que posteriormente fue ocupando otros cargos directivos. Asimismo, fue director de la Sociedad Española de Beneficencia, socio y benefactor de la Bomba España y participó en la fundación de la Cámara de Comercio local (10).

Los años finales y su legado espiritual

Don Ismael efectuó un segundo viaje a España en 1965, con 81 años de edad, junto a su mujer. Sería el postrero, pues tres años después, el 17 diciembre de 1968, su corazón dejó de latir en el mismo edificio que sus sueños quijotescos habían contribuido a levantar. Meses después lo siguió María su mujer.

A pesar de los largos años transcurridos desde su deceso, el espíritu jovial y romántico de don Ismael sigue presente en el recuerdo de su prolífera descendencia y también encarnado en este edificio patrimonial, con un asomo quizás ya de eternidad, reflejada en una frase que don Ismael pronunciara en su inauguración, ese lejano día de diciembre de 1924: “Tendrá que caerse toda la ciudad antes que se derrumbe mi casa” (11).

Vista reciente del edificio que cobijó a los Almacenes Giménez.
(Fuente: Municipalidad de Antofagasta).
Vista del balcón del cuarto piso en que se aprecian
detalles ornamentales. (Fuente: Municipalidad de Antofagasta).

NOTA

(1) Esta crónica es una reedición corregida, ampliada, ilustrada y con referencias bibliográficas, del artículo que bajo el título “Los Almacenes Giménez” fue publicado por este autor en el Boletín Informativo de la Asociación Benéfico-Cultural Nieva de Cameros y Montemediano, nº 24, año 2008, págs. 65-69.

FUENTES BIBLIOGRÁFICAS Y ORAL

(1) Joaquín y Roque Blaya, (editores), Álbum España y América, Tomo-Chile (Santiago: Imprenta y Lit. La Ilustración, 1926), 5-8 (en sección Extremadura). 

(2) Juan Panadés y Ottorino Ovalle, “Monografía histórica de la colectividad española en la ciudad de Antofagasta” en Baldomero Estrada (editor), Inmigración española en Chile, Serie Nuevo  Mundo: Cinco Siglos, no. 8 (Santiago: Universidad de Chile, 1994), 43.

(3) José Miguel Aguirre Giménez, “Ismael Giménez y Giménez”, en Forjadores de Antofagasta: 148 años de historia (Antofagasta: Corporación Proa Antofagasta-Universidad Católica del Norte, 2014), 146.       

(4) Mahuro Souza Rocha, “La arquitectura de inspiración árabe en Chile durante el siglo XX: el caso de la casa Giménez de Antofagasta y sus referencias al neomudéjar de Sevilla”, Revista Notas Históricas y Geográficas 20 (enero-junio, 2018): 263.

(5) Luis Ortega Martínez, “La Crisis de 1914-1924 y el Sector Fabril en Chile”, Historia 45, vol. 2 (julio-diciembre 2012), 439.

(6) Juan Panadés y Ottorino Ovalle, op. cit., 43.

(7) Floreal Recabarren Rojas, Episodios de la vida regional, (Antofagasta: Corporación Proa Antofagasta-Universidad Católica del Norte, 2002), 159.

(8) El tipo de cambio promedio utilizado para el período 1921-1924 fue de 36.89 pesos chilenos por una libra esterlina. Ver Salvatore Bizzarro, Historical Dictionary of Chile, 3ª ed. (Lanham, MD: Scarecrow Press, 2005), 276.

(9) Para actualizar el poder de compra de la libra al año 2021 se utilizó, la siguiente página web: https://www.measuringworth.com/calculators/ppoweruk/ (hemos usado el concepto “real wealth”, que nos entrega una cifra aproximada a la realidad).

(10) José Miguel Aguirre Giménez, op. cit., 146.

(11) Floreal Recabarren Rojas, op. cit., 159.

(12) Conversación sostenida con Ismael Giménez Torre el año 2012.

Publicado en: La Gaceta Digital nº 22 (Junio, 2022): p. 1 y sigs., editada por AIECh (Asociación de Instituciones Españolas de Chile).

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JOSÉ MORENO LERÍA, UNA VIDA BIEN VIVIDA

Por Juan Antonio García-Cuerdas

Don José tiene una memoria increíble, un sentido del humor perspicaz, sabe del acontecer mundial y también de los detalles cotidianos de su empresa de importación y venta de telas. Es padre, abuelo y bisabuelo de una extensa familia que no para de crecer y además, en breve, el próximo 9 de enero de 2020, cumplirá 100 años de vida. De los cuales 79 los ha vivido en Chile.

Esta personalidad excepcional nació en la localidad de Vadillos, pleno corazón del Camero Viejo, en el seno de la familia formada por sus padres, Serafín y Antonia.  Fue el menor de siete hermanos, favorecidos por una genética prodigiosa que dotó a varios de ellos de una longevidad centenaria.

Desde su infancia la existencia de Chile, un lejano país al otro lado del océano, le resultó familiar. Varios antiguos vecinos del pueblo, como Braulio Lasanta del Valle y Santiago Díez Lería, llevaban años residiendo aquí y habían hecho importantes donaciones a la pequeña villa. Para cada 18 de septiembre se izaba la bandera chilena en la escuela y el maestro de ella, Martín Martínez Grandes, ilustraba a sus alumnos acerca de los motivos de la conmemoración.

En esa escuela, Don José y sus hermanos aprendieron las primeras letras y nociones de aritmética, que les permitirían desarrollar sus talentos emprendedores en los siguientes años. Sus hermanos mayores, Francisco y Manuel, fueron los primeros en aventurarse y emigrar hacia Chile, una década después les seguirían los menores, Juan y José.

Aquí este último se dedicó al comercio mayorista y minorista de telas asociado junto a sus hermanos en la Casa Chantilly, situada en el centro histórico de Santiago. Con el paso de los años, llegó a ser el único propietario de la sociedad, a la que se fueron incorporando sus hijos. Hoy, Chantilly, con sus siete décadas de existencia, goza del prestigio de ser la más antigua empresa chilena del rubro y se ha extendido por todo el país gracias a sus 25 sucursales.

En el plano familiar contrajo matrimonio en 1956 con Nilda, una española oriunda de Soria. Constituyendo una amplia familia formada en valores y principios mediante el ejemplo y el sentimiento.

En el ámbito de la filantropía ha destacado por su admirable dedicación a las instituciones de la colectividad española residente en Chile. Desde 1973 hasta 1991 fue miembro del directorio de la Sociedad Benéfica La Rioja, ocupando la presidencia entre los años 1984 y 1991, liderando una etapa de grandes modernizaciones. También fue director de la Sociedad Española de Socorros Mutuos y Beneficencia y del Estadio Español.

            Don José es un confeso apasionado de La Rioja, la que visitaba periódicamente hasta hace unos pocos años atrás. Hoy, a través de internet, sigue al día de lo que allí ocurre, porque “uno se puede ir de su tierra, pero la tierra difícilmente se va de uno”. Antiguas aficiones como la caza, la pesca y las partidas de mus, han sido reemplazadas por la lectura reposada. Hablar con él es entrar a un mundo de historias, anécdotas y pensamientos lúcidos, siempre expresados con la mesura propia de alguien que ha sido un testigo privilegiado del acontecer de las últimas décadas.

            Como páter familias que es, sigue monitoreando de cerca sus actividades empresariales y aconsejando a sus hijos y nietos en ese ámbito. Pero también aporta el cariño y la calidez necesarias, junto a Nilda, para acoger las reuniones que mantienen unida a la familia.

            La de Don José, que duda cabe, ha sido una vida bien vivida en muchos ámbitos, y en todos ellos ha sabido marcar una huella trascendente destinada a perdurar en el tiempo.

Publicado en: Revista Anuario La Rioja, nº 89 (Septiembre, 2019): págs. 54-55. Editada por la Sociedad Benéfica La Rioja de Chile.

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MATÍAS GRANJA RAFEL, EL REY ESPAÑOL DEL SALITRE CHILENO; Y EL INESPERADO DESTINO DE LA CUANTIOSA FORTUNA QUE FORJÓ

Con parte del dinero que recibió Laura Mounier, su viuda, pudo construir el Palacio de Marivent, que hoy es la residencia de la Familia Real en Mallorca

Por Juan Antonio García-Cuerdas

En la zona pirenaica de la provincia de Lérida (Cataluña) se encuentra la comarca del Pallars. Hacia el norte limita con Francia, hallándose por el oeste a escasos km del valle de Arán y por el este de Andorra. A mediados del siglo XIX la principal localidad de la zona era Sort, con una población que rondaba los mil cien habitantes. En ella nació Matías Granja Rafel el año 1840, quien descendía de la casa familiar denominada “casa Cota” (nombre con el que décadas después bautizaría uno de sus ingenios salitreros).

Si bien Sort se hallaba dentro de un área caracterizada por sus montes escarpados, la villa se situaba en la zona inferior de un fértil valle a una altitud de 692 m, beneficiándose de un clima mediterráneo de montaña. Desde antiguo los habitantes de Sort pudieron dedicarse a la agricultura y a la ganadería de subsistencia, vendiendo los excedentes de cereales y las crías de ganado vacuno y caballar en diferentes ferias fuera de la población. Sin embargo, las expectativas de desarrollo personal eran escasas, motivando la emigración, durante el siglo XIX, de los más jóvenes tanto hacia las ciudades como a América.

Matías Granja Rafel (en El progreso catalán en América, vol. 1: Chile, 1922, 350)

Matías Granja sale de Sort y llega a Chile en 1862

Según la tradición popular erudita recogida en el mismo Sort, Matías Granja emigró de su pueblo a los 15 años de edad para dirigirse a Barcelona, desde donde, luego de una breve estadía, se trasladó a Bilbao. Allí conoció e hizo amistad con Juan Higinio Astoreca y Astoreca (Bermeo, Vizcaya, 1840-Iquique, 1903) que con el tiempo sería su socio y cuñado. Ambos amigos, de carácter resuelto y espíritu emprendedor, decidieron el año 1862 esconderse en las bodegas de un vapor que salía desde Bilbao hacia Valparaíso. Luego de dos años de permanencia en esta ciudad, se dirigió por la vía marítima hacia Cobija, entonces un puerto boliviano y hoy una caleta pesquera situada en la región de Antofagasta (1).

Cobija tenía en aquel tiempo una población en torno al millar de personas, dedicados en su mayoría a las actividades mineras. Uno de los vecinos principales era el acaudalado comerciante y empresario Juan Sáez y Torres (La Coruña, 1825-Valparaíso, 1891), quien había llegado en 1850 a este puerto. Sáez contrató como empleado de confianza a Matías Granja, el que así pudo principiar su aprendizaje mercantil y vislumbrar la importancia que tendría la industria del salitre. En 1870 inició su propio camino en el comercio y enseguida se asoció con su amigo Higinio Astoreca (que se casaría con Felisa Granja Rafel). Juntos lograron crear una red de tiendas situadas en varias localidades del norte de Chile y en ciudades fronterizas de Perú y Bolivia, las que proveían con productos europeos que compraban a los grandes importadores de Valparaíso. El éxito económico no se hizo esperar y enriqueció pronto a ambos socios (2). A mediados de la década de 1880 Astoreca dejó la sociedad para trasladar su residencia a España.

Matías Granja contrae un fugaz matrimonio y posteriormente logra formar una familia

Si bien en el ámbito económico la fortuna comenzaba a sonreírle y su patrimonio se incrementaba velozmente, en la esfera de su vida personal tomó una decisión inconveniente que le traería en el futuro consecuencias desagradables, que no fue capaz de prever. En 1874 conoció en Valparaíso a la joven francesa Laura Mounier Boucher (Niza, 1851-ibíd., 1937), cantante y bailarina en un grupo de variedades que estaba de paso por Chile actuando en teatros locales. Granja se enamoró impulsivamente de ella y decidió proponerle matrimonio, el que tuvo lugar en Iquique poco después. Los cónyuges se mantuvieron juntos durante breves años pues, por razones que se desconocen, Laura Mounier resolvió retornar a Francia (allí tenía un hijo de corta edad). La separación física de los esposos llevó a Granja más tarde a emparejarse con una viuda, Paula Navarro, con la que tuvo dos hijas: Laura Granja Navarro, nacida en 1882/3 (?); y Zarina Granja Navarro, en 1884 (3).

Matías Granja abandona el comercio y entra enérgicamente al negocio salitrero

Luego de la partida de Astoreca, su primer socio, Matías Granja dejó el comercio y formó en 1885 una sociedad con Baltasar Domínguez Lasierra (Galicia, 1850/1 (?)-Santiago de Chile, 1901) y Antonio Lacalle Gómez de Arteche (Azofra, La Rioja, 1857-Viña del Mar, 1917), para participar en el negocio de la producción y exportación de salitre. En 1886 adquirieron la oficina productora de este mineral llamada La Salvadora. Luego de este primer paso vendrían otros en los siguientes años, comprando oficinas (Cruz de Zapiga y Nueva Rosario), además de paquetes de acciones de compañías salitreras que buscaban controlar. En 1894 Antonio Lacalle se retiró de la firma para operar junto a sus hermanos la oficina Iberia, ubicada en Tocopilla. Los socios restantes crearon en Iquique el año 1894 la sociedad colectiva Granja y Domínguez, a la que aportaron todos sus activos mineros. En 1901 falleció Baltasar Domínguez y un año después Matías Granja compró a sus herederas la participación del 50% que mantenían en la sociedad. Nacía así la firma Granja y Cía., una de las más grandes productoras de salitre de Chile (si no la más) de propiedad de un único titular. A ella incorporó todos sus activos en Tarapacá y Antofagasta: el 60% de la oficina La Granja, el 60% de las oficinas Iberia y San Miguel, las oficinas Democracia, Aragón, San Francisco, Cataluña, entre otras; todos los derechos y operaciones activas en el distrito de Aguas Blancas; y además, el puerto de Coloso y la línea férrea que lo servía, como veremos a continuación (4).

La oficina salitrera Cruz de Zapiga, una de las varias de propiedad de Matías Granja
(en L. Boudat y Cía., Álbum de las Salitreras de Tarapacá, 1889)

Construcción de una línea férrea y del puerto de Coloso

Desde 1897 Granja venía fraguando un proyecto grandioso. Junto a su socio Domínguez habían adquirido en la zona de Aguas Blancas (hoy provincia de Antofagasta) valiosas pertenencias salitreras, cuya explotación era exigua pues tropezaba con dificultades geográficas para transportar el mineral a la costa y embarcarlo. Granja concibió la creación de una línea férrea propia que recogiese el salitre desde sus ingenios en la zona (Pepita, Bonasort y Cota) y lo llevase a la caleta Coloso (situada a unos 16 km al sur de Antofagasta), donde levantaría un puerto para despacharlo. Los primeros trabajos de construcción del ferrocarril se iniciaron en 1898 y en 1902 fue inaugurado. La línea tenía 98 km de longitud desde la oficina Pepita hasta el puerto, llegando a contar tiempo después con decenas de locomotoras y centenares de vagones para su servicio. Por su parte, en Coloso se construyeron malecones, muelles, maestranzas, bodegas, planta desalinizadora de agua, usina eléctrica, poblaciones para empleados y obreros, etc. A la par, se fue levantando un pueblo con todo tipo de servicios (escuela, hotel, teatro, pulpería, iglesia, bomberos, etc.) para atender las actividades del ferrocarril y sus trabajadores, el que llegaría a albergar a más de dos mil habitantes (5). El costo de todas estas obras se estimaba en 946.832 libras esterlinas (6), (equivalente a unos 1.047 millones de libras el año 2020), (7).

La riqueza salitrera que brotaba de la zona de Aguas Blancas, junto a la producción de sus otras pertenencias mineras, habían convertido a Matías Granja en 1906 en el segundo exportador de salitre chileno y en uno de los hombres más ricos del país. Sin embargo, estos satisfactorios logros económicos estaban siendo amenazados, al menos desde 1901, por una delicada situación personal cuyo desenlace lo mantenía angustiado en su fuero íntimo.

El puerto de Coloso fue inaugurado en 1902 (en F. Recabarren y P. Ramírez, Coloso. Ayer y Hoy, 2017, 13)

Laura Mounier retorna desde Francia e inicia una batalla legal en los tribunales de Chile

A inicios del nuevo siglo Laura Mounier estaba de regreso en Chile, sin duda ya informada de la acaudalada posición de su marido. En septiembre de 1902 entabló una demanda contra Matías Granja “sobre divorcio perpetuo y liquidación de la sociedad conyugal”, con el fin de obtener la mitad de los bienes (gananciales) que le correspondían dentro de la totalidad del patrimonio formado por su cónyuge. En los siguientes años la salud de Granja comenzó a debilitarse progresiva e irreversiblemente. Una consecuencia de este acelerado deterioro físico fue el acuerdo al que llegaron ambas partes litigantes el 20 de junio de 1906, mediante el cual pusieron término al juicio de divorcio, siendo una de las bases de este desistimiento el respeto de los derechos que a ella le correspondían en la sociedad conyugal. Días después, el 15 de julio de 1906, falleció Matías Granja en Valparaíso a los 66 años de edad (8), como consecuencia de una afección al corazón. Laura Mounier, por imperio de la ley, entraba así en posesión de la mitad del inmenso patrimonio que su marido había logrado acumular mientras estuvieron casados. Otra fatalidad, ocurrida tan solo un mes después del deceso de Granja, fue la muerte de Paula Navarro, su compañera de vida y madre de sus dos hijas, como consecuencia del terremoto que asoló Valparaíso el 16 de agosto de 1906, el que derribó la mansión familiar de Limache donde esta se encontraba.

La herencia de Matías Granja

El empresario había otorgado testamento para disponer de la mitad de su patrimonio. En sus estipulaciones testamentarias dejaba el 60% de sus bienes para sus dos hijas, Laura y Zarina Granja Navarro; el 5% a su sobrino Moisés Astoreca Granja (hijo de Felisa Granja); el 23% a sus siete sobrinos Marió Granja (hijos de Antonia Granja) y el remanente quedaba a favor de instituciones y de terceros que designaba en el referido documento legal (9).

Las deudas o pasivos que mantenían las empresas de Matías Granja al momento de su muerte se estiman entre un mínimo de 1.200.000 y un máximo de 1.800.000 libras esterlinas. En cuanto a sus activos totales o su patrimonio neto las referencias son igualmente dispares. Una fuente habla de un patrimonio de tres millones de libras esterlinas (10), aproximadamente 3.115 millones de libras al año 2020. El historiador Roberto Hernández Cornejo lo calcula en setenta millones de pesos (11), aproximadamente 4.200.000 libras esterlinas de la época (12). Por su parte, Gonzalo Vial señala que la herencia de Granja oscilaba entre un mínimo de diez y un máximo de sesenta millones de pesos sin incluir “el bocado más contundente en dicha fortuna: la salitrera Iberia”, que fue traspasada en vida a una sociedad anónima con acciones al portador, distribuidas entre los que después serían sus herederos (13).   

El derrumbe del imperio salitrero que había formado Matías Granja comenzó en 1907, cuando los miembros de la comunidad hereditaria acordaron liquidar la sociedad conyugal y partir los bienes heredados (14). Pero los herederos, que no contaban con las cualidades ni el interés para mantener en equilibrio las finanzas sociales, “se enemistaron entre sí y se repartieron sumas cuantiosas”, con lo que contribuyeron a descapitalizar la sociedad Granja y Cía. (15). Influyó también el clima de intensa agitación social por el que atravesaba el país, el que culminó el 21 de diciembre de 1907 con una violenta jornada en la escuela Santa María de Iquique que dejó centenares de obreros salitreros muertos y heridos. A fines de ese año el gobierno chileno aprobó con urgencia un controvertido préstamo de 500.000 libras esterlinas a favor de la referida sociedad, cuyos problemas de liquidez amenazaban con llevarla a la quiebra y provocar una crisis de proporciones en la economía chilena. Finalmente, el préstamo sería pagado el año 1908 tras vender los herederos la línea férrea y el puerto de Coloso en 680.000 libras a Grace & Co., sociedad que en 1909 procedió a su reventa en 1.100.000 libras.

No conocemos las cifras que finalmente recibieron los miembros de la sucesión, pero podemos suponer con fundamento que fueron considerables. Las hijas, Laura y Zarina Granja Navarro, contrajeron matrimonios aventajados con miembros de la élite aristocrática chilena y vivieron acomodadamente el resto de sus días. Laura Granja de Ramírez dio a luz los años 1907 y 1908 a sus hijas Josefina y Beatriz respectivamente, en su domicilio de calle San Ignacio 70, una gran mansión recién edificada con planos del prestigioso arquitecto Ricardo Larraín Bravo. Su hermana, Zarina Granja de Larraín, residió desde 1932 hasta su muerte en 1966 en la calle Agustinas 735 (hoy 733), uno de los tres sectores en que se dividía el denominado palacio Subercaseaux (frente al Teatro Municipal de Santiago), con siete personas a su servicio. Sin embargo, la evidencia más clara de la súbita riqueza que favoreció a los herederos, fue el estilo de vida oneroso y deslumbrante que comenzó a desplegar la viuda, Laura Mounier, el que mantendría durante el resto de su vida.

Fachada del Palacio Subercaseaux, donde vivió Zarina Granja de Larraín entre los años 1932 y 1966
(Autor: Fflemingl en Wikimedia Commons, 2013)

Laura Mounier, escultora y animadora de la vida cultural santiaguina

A inicios de siglo, luego de regresar a Chile, Laura Mounier conoció a Juan Dionisio Saridakis Tornazakis, de origen griego, quedando cautivada por su singular encanto, fino trato y porte físico. El 4 de agosto de 1907 contrajeron matrimonio en el Registro Civil de la municipalidad de Providencia. Saridakis declaró en ese acto tener 32 años de edad y ser ingeniero. Había llegado a Chile siguiendo a sus dos hermanos mayores establecidos antes de 1891. Constantino (1860), fue “farmacéutico” y “destilador licorista” (instaló la destilería de la fábrica de licores de los catalanes Ventura Hnos. y Gramunt en 1894); y Manuel (1864/5 ?), fue también “licorista”.

Mounier y Saridakis formaron una peculiar pero a la vez “glamourosa” pareja que, a pesar de la gran diferencia de edad, compartía una similar afición por el arte, la contemplación de la belleza, la buena vida y lo exquisito.

Desde su retorno a Chile, Mounier se dedicó a desarrollar sus dotes artísticas en el campo de la escultura. Ya había sido premiada en París y en Santiago fue reconocida en salones oficiales. Se encuentran referencias a sus obras en revistas locales de la época como Zig-Zag, Selecta y el catálogo de la Exposición Internacional de Bellas Artes de 1910 (16). Con los primeros dineros provenientes de la liquidación de los bienes conyugales, compró una casona rodeada de árboles y jardines en la avenida Vicuña Mackenna 6. Fernando Santiván, Premio Nacional de Literatura de Chile (1952), describió su casa como una “mansión de confort y de arte”, destacando los murales interiores monumentales, pintados durante meses por el maestro Benito Rebolledo. La vivienda estaba dotada de una cancha de tenis y de otros variados entretenimientos. En la parte superior estaba el taller de escultura de ella y el de pintura de Saridakis (17). Esta casa fue el centro de reuniones de artistas y literatos de la época en amigables y prolongadas tertulias.

Laura Mounier trabajando en una de sus obras escultóricas
(en “Artistas extranjeros”. Revista Baleares nº 168, 1922)

El escritor español Eduardo Zamacois, de paso por Santiago, fue invitado a una de estas veladas, describiendo a sus anfitriones en los siguientes términos: “El señor Saridakis… es un real mozo: alto, hercúleo, con un perfil aguileño y caballeresco y una abundante barba rubia, sedosa y magnífica. Algunos hilos de plata prestan a su cabeza, de cabellos cortos y rizados, una melancolía novelesca. Tiene poco más de treinta años: es elegante, correcto, encantador…”. Luego se refería a su esposa Laura como a “una francesa de trato exquisito, muy viajada, muy vivida, amable, espiritual y complicada como una mujer de Bourget, que lee mucho, y comprende a Beethoven, y pinta muy bien, y ha obtenido con el busto que envió a la última Exposición [de 1910] una Segunda Medalla” (18). Algunos artículos de revistas de la época permiten complementar esta descripción, colocando énfasis en “su carácter fuerte y contestatario” (19).

Laura Mounier compró también una casa de playa en el balneario de Zapallar, entonces uno de los más aristocráticos y hermosos de Chile. Allí se trasladaba junto a Juan D. Saridakis por temporadas, dedicándose a la escultura en una cabaña habilitada como taller en el sector de Cachagua, un entorno que invitaba a la contemplación de la naturaleza.

Para sus desplazamientos por la ciudad de Santiago, Mounier adquirió hacia 1908 un lujoso automóvil descapotable, que captaba la atención de los transeúntes tanto por su inusual presencia como por su excepcional estética (20).

Juan D. Saridakis y Laura Mounier, hacia 1908. Cuadro de Fernando Álvarez de Sotomayor.
(Colección Masaveu. © de la fotografía: Fundación María Cristina Masaveu Peterson.
Autor: Marcos Morilla. https://www.fundacioncristinamasaveu.com/)

Laura Mounier y Juan D. Saridakis dejan Chile y trasladan su residencia a Mallorca

El año 1917 Laura Mounier vendió su casona de la avda. Vicuña Mackenna en 270.206 pesos, con intenciones de abandonar el país y radicarse en Europa junto a su marido. Pero la pandemia de 1918 que azotaba a gran parte del mundo, conocida también como “gripe española”, modificó los planes de viaje. Finalmente, en 1920 se encontraban recorriendo las costas cantábricas y mediterráneas (Santander, Niza y otras localidades) en búsqueda de un lugar con encantos especiales donde pudiesen asentarse definitivamente e iniciar una nueva vida. En 1922 se establecieron en Mallorca, fascinados por el paisaje y el clima de la isla. Allí, en un sector cercano a Cala Major, a unos 5 km del centro de la capital, Palma, encontraron un solar de 33.000 metros cuadrados situado sobre un acantilado que mira a la bahía palmesana. El año 1923 encargaron al arquitecto Guillem Forteza Piña la construcción de una gran edificación, que concluyó en 1925. La mansión, o más bien palacete, fue bautizada como Marivent (mar y viento). El edificio, de materiales nobles, integraba elementos regionalistas y modernistas, destacando su torre elevada que le daba un aspecto de antigua fortaleza y sus espaciosas terrazas. En esta casa, un refugio rodeado de gran belleza escénica, se dedicaron los siguientes años a perfeccionar sus habilidades artísticas, a alternar con personalidades del ámbito del arte y la cultura, a viajar por Europa y a impulsar variadas actividades filantrópicas.

Vista panorámica del Palacio de Marivent (en Flickr: Pro voyages vacances. http://agencebalear.com/)

Laura Mounier falleció en 1937 y tiempo después Juan D. Saridakis contrajo matrimonio en segundas nupcias con Ana (Anunciación) Marconi, quien había asistido en la vejez a su primera esposa. Tras la muerte de Saridakis en 1963, Marconi, cumpliendo con los deseos de su marido, donó Marivent a la Diputación Provincial de Baleares el año 1965 (estaba amoblado con más de 1.300 piezas artísticas, algunas de grandes firmas) con el fin de crear un museo, el Museo Saridakis. La Diputación, el año 1973, cedió el uso a los príncipes y futuros reyes de España don Juan Carlos y doña Sofía. La casona recibió el nombre de Palacio de Marivent y pasó a ser la residencia en Mallorca de la Familia Real española en 1976, siendo desde entonces su lugar de veraneo preferido.

Una reflexión final

Cuesta comprender cómo el voluntarioso Matías Granja, que dedicó enormes esfuerzos a hacer realidad sus visionarias ideas empresariales, no logró prever los efectos devastadores que eventualmente podría tener para la continuidad de su emporio salitrero la entrega de los gananciales a su cónyuge. Para evitarlo hubiese bastado que regularizase en una época temprana su situación matrimonial, acordando con Laura Mounier un arreglo económico. Quizás fue la embriaguez del éxito, la distancia, el olvido o una vida vivida a una velocidad de vértigo lo que le impidió reflexionar de manera oportuna y adecuada. Comoquiera que hayan sucedido los hechos, de los que sabemos muy poco, nunca fue más cierto el adagio popular español que reza: “Nadie sabe para quien trabaja”.

Publicado en: La Gaceta Digital nº 19 (Abril, 2022): p. 3 y sigs., editada por AIECh (Asociación de Instituciones Españolas de Chile).

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FUENTES BIBLIOGRÁFICAS PRINCIPALES

(1) Cisco Farrás, “Matias Granja, el primer emigrant”, Árnica 28, Revista del Consell
Cultural de les Valls d’ Aneu (Marzo, 1996): 31-32.

(2) Rafael de la Presa, Venida y aporte de los españoles a Chile independiente (Santiago:
Imprenta Lautaro, 1978), 583, 587.

(3) Floreal Recabarren y Pamela Ramírez, Coloso. Ayer y Hoy (Antofagasta: Corporación
Proa, 2017), 55.

(4) Marcos Agustín Calle Recabarren, “Inmigración española, matrimonios y movilidad
social en el Tarapacá salitrero. Un estudio desde el puerto de Iquique (1860-1940)”, (Tesis de magister en Historia, Universidad de Concepción, 2011), 114-117.

(5) Floreal Recabarren y Pamela Ramírez, Coloso. Ayer y Hoy, op. cit., 14-39.

(6) Santiago Marín Vicuña, Los Ferrocarriles de Chile (Santiago: Imp. Cervantes, 1916), 59.

(7) Para actualizar el poder de compra de la libra al año 2020 se utilizó en este caso, y en aquellos posteriores citados, la web: https://www.measuringworth.com/calculators/ppoweruk/
(hemos usado el concepto “economic cost”, que nos entrega una cifra aproximada bastante
realista cuando se la compara con los costos actuales de construcción de un km de
ferrocarril, sumados a los de edificación de un puerto como el de Coloso y su poblado).

(8) Oscar Dávila Izquierdo (ed.), “Jurisprudencia”, Revista de derecho, jurisprudencia y
ciencias sociales 10, nº 2 (Abril, 1913): 83-84.

(9) Floreal Recabarren y Pamela Ramírez, Coloso. Ayer y Hoy, op. cit., 44.

(10) Joaquín Blaya Alende (ed.), El progreso catalán en América, vol. 1: Chile (Santiago:
Imprenta y Litografía La Ilustración, 1922), 351.

(11) Roberto Hernández C., El salitre. Resumen Histórico desde su Descubrimiento y
Explotación (Valparaíso: Fisher Hnos., 1930), 72.

(12) El tipo de cambio promedio utilizado para 1906 fue de 16.70 pesos chilenos por una libra esterlina. Ver Salvatore Bizzarro, Historical Dictionary of Chile, 3ª ed. (Lanham, MD: Scarecrow Press, 2005), 276.

(13) Gonzalo Vial Correa, Historia de Chile (1891-1973), vol. 1, tomo 2 (Santiago: Editorial
Santillana del Pacífico, 1981), 608.

(14) Floreal Recabarren y Pamela Ramírez, Coloso. Ayer y Hoy, op. cit., 44.

(15) Gonzalo Vial Correa, Historia de Chile (1891-1973), op. cit., 608.

(16) Bärbel Schoess Orrego, “Vestigios de Mármol y Barro. La escultora en el territorio de Chile y su figuración femenina (s. XIX- inicios del s. XX)”, (Tesis de grado, Universidad de Playa Ancha, 2020), 8.

(17) Fernando Santiván, Obras completas, tomo 2 (Santiago: Zig-Zag, 1965), 1.765.

(18) Eduardo Zamacois, Dos años en Américaimpresiones de un viaje por Buenos Aires,
Montevideo, Chile, Brasil, New-York y Cuba (Barcelona: Maucci, 1913), 85.

(19) Bärbel Schoess Orrego, “Vestigios de Mármol y Barro…”, op. cit., 8.

(20) Hacia 1910 los automóviles particulares registrados en la circunscripción municipal de Santiago eran veintiuno. Ver Tomás Errázuriz, “El asalto de los motorizados. El  transporte moderno y la crisis del tránsito público en Santiago, 1900-1927”, Historia 43, vol. 2 (julio-diciembre 2010): 371.

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LA SINGULAR VIDA DEL SORIANO ZACARÍAS GÓMEZ (1875-1961). AMIGO Y CONFIDENTE DE GABRIELA MISTRAL

Fue fundador y primer presidente en 1909 del Centro Español de Antofagasta y uno de los principales comerciantes de la ciudad. Años después su vida daría un giro radical cuando luego de acercarse a las doctrinas orientalistas se estableció en Santiago con una librería para difundirlas

Conoció en Antofagasta a Gabriela Mistral el año 1911, manteniendo ambos una estrecha amistad y colaboración de por vida

 Por Juan Antonio García-Cuerdas

Ocenilla es una pequeña y antiquísima localidad situada 14 kms al noroeste de la ciudad de Soria, a una altitud aproximada de 1.100 m. Se caracteriza por sus largos inviernos con frecuentes heladas y sus veranos cortos y calurosos. El suelo agrícola que rodea el núcleo poblacional permitió antaño a sus habitantes desarrollar cultivos agrarios (cereales, legumbres, hortalizas) a pequeña escala y criar ganadería lanar. Para fines del XIX (1877) su población alcanzaba a 336 habitantes, cifra que en las siguientes décadas iría disminuyendo al emigrar sus moradores a otras latitudes. Fueron los jóvenes principalmente, al término de sus estudios primarios en la escuela local, los que emprendieron este éxodo, buscando tanto un mejor porvenir económico como evitar ser enrolados para prestar el temido servicio militar, que los podía conducir al frente de Marruecos donde España se enfrentaba a crueles guerras intermitentes.

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Durante la última década del ochocientos Zacarías Gómez Delgado se embarcó hacia Chile, llegando a la casa de unos parientes en Chillán, para enseguida dirigir sus pasos hacia el comercio de Antofagasta, una ciudad en pleno auge económico que se beneficiaba de la liquidez proveniente de la explotación del salitre en la zona. Pocos años demoró en lograr emanciparse y abrir su primer comercio, La Tienda Inglesa, a la que le siguió en 1906 La Colmena, en la comercial calle Prat. En esos años iniciales del nuevo siglo llamó para trabajar junto a él a su hermano Agustín y a su primo Segundo Gómez y Gómez (quien será el progenitor de los Gómez Gallo, familia que más tarde destacará en el rubro empresarial y en la política nacional). No serían los únicos, varios jóvenes españoles más se formaron al alero de sus establecimientos comerciales, despegando desde allí en busca de su propia independencia.

Tienda La Colmena en la calle Prat 589, año 1919.

Los negocios caminaban bien y su situación económica rápidamente se consolidó, lo que le permitió efectuar inversiones inmobiliarias y dedicarse a otros quehaceres paralelos. Desde su llegada a la ciudad se incorporó a las escasas instituciones españolas existentes. Pero, observando que faltaba una de carácter social y cultural, se decidió a encabezar la creación del Centro Español en 1909, resultando elegido presidente en la primera asamblea con la presencia de 143 compatriotas. Fue también vicepresidente de la Sociedad Española de Beneficencia, concejal (regidor) del municipio de la ciudad y miembro fundador de la Cámara de Comercio local. Su logro público más notorio durante esos años fue la ejecución del encargo que la colectividad española residente le efectuó a él y al vicecónsul Alejandro Granada, de un imponente conjunto escultórico que fue regalado a la ciudad con motivo de las celebraciones en 1910 del centenario del inicio del proceso de la Independencia de Chile. Esta onerosa donación refleja la pujanza de la colonia de Antofagasta que sumaba por entonces cerca de 1.400 españoles.

Monumento en la plaza Colón de Antofagasta donado en 1910.
(Foto: Felipe Carvallo Rodríguez)

El escritor Gerardo Claps lo describía así: “Poseía un físico que lo hacía inconfundible. Con su barba y delgadez, pero sobre todo con su hablar fluido y profundo, parecía un profeta” (1). Gracias a sus incesantes lecturas, agrega Claps, había adquirido una impresionante cultura “que fluía espontáneamente en sus conversaciones y encantaba a sus interlocutores. Ello le valió ser el centro de continuas tertulias y ejercer un indiscutido ascendiente dentro de la colectividad española” (2).

El año 1907 se casó con Carolina Marzheimer, de origen alemán. Cuatro hijos nacidos en los siguientes años (Zacarías, Guillermo, Hernán y Bernardino) vinieron a conformar la familia.

Sus inicios en el Teosofismo

Durante la primera década del siglo XX Zacarías Gómez, que “era un espíritu adelantado a su época”, se integró a la Sociedad Teosófica Destellos, de Antofagasta. Este movimiento había surgido el año 1875 cuando se creó la Sociedad Teosófica en Estados Unidos. Según Joan Soler, era una tendencia de carácter religioso, orientalista y heterodoxo, que compartió espacios sociales con el espiritismo, el esoterismo moderno, el vegetarianismo, el feminismo, el naturismo, el higienismo y, sobre todo, la masonería. Buscaba una renovación espiritual con la mirada puesta en Oriente. En Chile se formaron agrupaciones teosóficas en distintas ciudades. Zacarías Gómez hizo propios los postulados del movimiento. Inició una intensa búsqueda espiritual en medio de la cual se hizo naturista, vegetariano y practicó la meditación, en ocasiones, mientras tomaba baños de sol, prácticas que mantendría hasta su muerte en 1961. De forma paulatina se fue alejando de sus actividades comerciales. Para ello, a fines de la década de 1910 ya había incorporado en sus negocios como socio gestor a su compatriota Antonio Quiñones, quedando él como socio comanditario (capitalista)

Gabriela Mistral llega a Antofagasta y traba amistad con Zacarías Gómez

El año 1911 Gabriela Mistral fue trasladada al Liceo Femenino de Antofagasta como inspectora general y profesora de castellano. Ese mismo año se incorporó a algunas actividades de la logia Destellos, en cuyas reuniones la joven de 22 años pudo conocer y departir con Zacarías Gómez. Este, junto con captar el talento en ciernes y las angustias de la joven, que no se avenía con las principales figuras intelectuales de la ciudad, la acogió fraternalmente. Por su parte, ella, impresionada por la profunda cultura teosófica y orientalista y las excelsas cualidades humanas del soriano, lo convertiría en su amigo y confidente. Una amistad que, a pesar del escaso año y medio que la Mistral estuvo en Antofagasta, se iría consolidando epistolarmente en el tiempo, en especial luego de que la poetisa dejara Chile en 1922, regresando solo tres veces al país (1925, 1938 y 1954). Durante las siguientes décadas se generaría una profusa correspondencia entre ambos, en la que ella depositaría sus cuitas y pensamientos más personales en su amigo. Este, por discreción, se preocuparía antes de morir de destruir la mayor parte de las cartas. No obstante, se conservaron un gran número de las recibidas por ella. La confianza que la poetisa depositó en su amigo fue tal que le otorgó poderes para cobrar sus colaboraciones en la prensa y sus haberes en las editoriales, sirviendo además como intermediario entre ella y su hermana Emelina, a quien apoyaba económicamente (3). El contenido del intercambio epistolar pone de manifiesto la conducta fiel y desinteresada de Zacarías Gómez cuando se consagraba a satisfacer los encargos de la futura Nobel. Como también el uso que hacía aquel de una prosa cuidada, no exenta de lirismo y matizada en ocasiones por reflexiones espirituales.

1926. A la izquierda Zacarías Gómez, al centro Gabriela Mistral y a la derecha Emelina,
hermana de la poetisa. (Foto: Museo Gabriela Mistral de Vicuña).

Zacarías Gómez compra en Santiago la Librería Orientalista

Luego de la Gran Depresión económica de 1929 y del desplome final de los precios del salitre en 1933, Antofagasta cayó en un prolongado letargo que le trajo sinsabores económicos. Se desplazó hacia La Serena y antes de 1940 decidió establecerse definitivamente en Santiago.

En la capital compró la Librería Orientalista, la única especializada en estos temas. Estaba situada en el Pasaje Hunneus, al que se accedía por la calle Catedral 1145, frente al edificio del entonces Congreso Nacional. Desde allí siguió contribuyendo a la orientación espiritual de Gabriela Mistral ya no solo como consejero, también proveyéndola de las primicias en cuanto a libros y revistas de inspiración teosófica y orientalista (4), ideas a las que la poeta fue afín gran parte de su vida. Este trato epistolar y el suministro de libros se mantendrían hasta 1956. A inicios de enero del siguiente año Gabriela Mistral fallecería

Fragmento inicial de una carta fechada en 1943, enviada por Zacarías Gómez a Gabriela Mistral. (Fuente: Biblioteca Nacional Digital de Chile).

El poeta y periodista Carlos Sander describió así al librero soriano: “Ahí [en su librería] era un oficiante de ritos antiguos, un cuidador de los libros sabios. Obras de temas espiritualistas: filosofía, yoga, teosofía, rosacrucismo, cristianismo, masonería, naturismo, literatura oriental y filosofía general… Parecía un patriarca y un profeta, y lo fue dentro del ambiente chileno. Hay hombres que tienen estatura de maestros. Él ejerció un maestrazgo, que todos sabían reconocer” (5). Su librería adquirió fama como centro de notables tertulias animadas por destacados intelectuales.

El 17 de julio de 1961 fallecía Zacarías Gómez a los 85 años como consecuencia de un infarto al miocardio. Su cultura erudita, su rectitud y su calidad de hombre de bien que derrochaba bondad fueron apreciadas en vida y tras su muerte por familiares y extraños, entre quienes se había granjeado afectos entrañables. Pero fue su vocación de servicio al prójimo la que dejó huellas indelebles en el tiempo. En particular, el apoyo y colaboración incondicional que prodigó a Gabriela Mistral, el que ha sido estudiado por los investigadores “mistralianos” locales y extranjeros que han escudriñado en las cartas intercambiadas entre este soriano y la Nobel buscando pistas que permitan descubrir nuevas facetas de la vida de ella. No se equivocaba la poetisa cuando en una carta que dirigía a su amigo el año 1954 le decía: “Nosotros tenemos una amistad per vita (por toda la vida) sí, y también después de ella” (6).

Zacarías Gómez perteneció a esa clase de españoles que sin buscar reconocimientos o distinciones, estaban convencidos de que sirviendo a Chile y a la comunidad de manera silente lograban honrar de la mejor forma posible a España.


FUENTES PRINCIPALES:

[1] Gerardo Claps, “Zacarías Gómez Delgado”, en Forjadores de Antofagasta: 148 años de historia (Antofagasta: Corporación Proa Antofagasta, 2014), p. 154.

[2] Gerardo Claps, “Discurso”, en Don Zacarías Gómez, un español que hizo camino en Antofagasta (Antofagasta: s.n., 2002), 15.

[3] Martin C. Taylor, Gabriela Mistral’s Struggle with God and Man. A Biographical and Critical Study of the Chilean Poet (Jefferson, NC: McFarland, 2012), 60, 223.

[4] Entrevista a su sobrino Segundo Gómez Gallo, efectuada en agosto de 2010.

[5] José Antonio Gónzalez Pizarro, “La otra Gabriela Mistral. Cultura, ideología e intimidad en la correspondencia con Zacarías Gómez”, Anales de Literatura Hispanoamericana 18 (Enero 1989): 108 nota 4.

[6] Ibíd., 133.

Publicado en: La Gaceta Digital nº 17 (Marzo, 2022): p. 2, editada por AIECh (Asociación de Instituciones Españolas de Chile).

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A 25 AÑOS DE LA INAUGURACIÓN DEL RINCÓN RIOJANO Y DE LA SECCIÓN CULTURAL Y RECREATIVA RIOJANA (Una serie de afortunados hechos se alinearon y permitieron, hace un cuarto de siglo atrás, que se inaugurase el Rincón Riojano, y junto con él se crease una nueva Sección al interior del Estadio Español)

Por Juan Antonio García-Cuerdas

Sede de la Sociedad Benéfica La Rioja

La colectividad riojana, cuya existencia institucional data del año 1911, mantenía desde 1944 su secretaría en una oficina al interior del Círculo Español, situado en la avenida Alameda. Con el paso de los años, esa ubicación se había vuelto lejana e incómoda para la mayoría de los directores, a lo que se sumaba que el eje de las principales actividades de la institución se había desplazado desde hacía largo tiempo al Estadio Español. Este inconveniente estaba en la mente de los directivos riojanos, pero la solución tardaba en madurar.

El año 1991 asumió como presidente de la Sociedad Benéfica La Rioja José María Viguera Izurieta (Ortigosa de Cameros, La Rioja, 1933-Santiago de Chile, 2007), un líder carismático, lleno de energía y con ideas claras respecto del futuro de la colectividad riojana. Este había vislumbrado con certeza que el desarrollo de la colectividad debía vincularse al Estadio Español y proyectarse en su interior. Esta institución era la expresión más viva de la colonia española, debiendo ser el semillero dentro del cual surgirían los futuros dirigentes del colectivo riojano, que permitirían asegurar la pervivencia de las tradiciones y cultura riojana durante un largo tiempo. En paralelo, el año 1991 juraba como presidente de la Comunidad Autónoma de La Rioja José Ignacio Pérez Sáenz, quien desde los inicios de su mandato mostró una especial afinidad, no vista en sus antecesores, con los colectivos riojanos situados fuera de esa Comunidad, y en especial con los de Chile y Argentina.

José María Viguera atisbó que el momento para que los riojanos tuviesen una casa propia había llegado. Con su recordado estilo campechano y querible, se acercó al presidente de la Comunidad para solicitarle el apoyo económico de esta, destinado a edificar una casa de La Rioja en los terrenos del Estadio Español. Su iniciativa encontró rápido eco, y así es como a mediados de 1991, con el financiamiento asegurado y con el anteproyecto encargado al arquitecto riojano Jesús Chávarri del Campo bajo el brazo, se sostuvieron conversaciones con los presidentes de la Inmobiliaria Estadio Español, Martín Pascual Soto, y de Deportes Estadio Español, Salvador Calera González. Una vez que estos, de acuerdo con los directorios que presidían, aprobaron el proyecto, se colocó la primera piedra en septiembre de ese año. Fue una entrañable ceremonia, en que se utilizó zurracapote, vivificante bebida típica de La Rioja, para la mezcla del cemento, simbolizando la mixtura de culturas y voluntades que se daban la mano en esa ocasión.

A la extrema izquierda el padre José Goyena, José Blanco Lería, Juan Antonio García y Gonzalo Santolaya. En un primer plano José María Viguera.

Pero José María Viguera no estuvo solo en este empeño. Muy de cerca fue apoyado por Miguel Pascual Soto, su vicepresidente, y también por el director Jerónimo Sáenz-Laguna Rincón. En la etapa de edificación, los ingenieros-constructores y también directores de la colectividad riojana, José Martín Blanco García y Gonzalo Santolaya de Pablo, tuvieron un papel relevante. Por su parte, el director Juan Antonio García Sánchez se preocupó de los estatutos y constitución de la nueva Sección Cultural y Recreativa Riojana, que tendría vida paralela con la Sociedad Benéfica La Rioja y similares directores.

En noviembre de 1992 se celebró en el Estadio Español de Santiago de Chile el Segundo Congreso Mundial de Centros Riojanos, al cual asistió el Alcalde de Logroño, Manuel Sáinz Ochoa, y delegados de diversas partes del mundo. Para la colectividad riojana de Chile el aspecto central de dicho Congreso se enfocó en la inauguración del así denominado, Rincón Riojano, que hacía realidad los anhelos de un grupo de soñadores y de toda una colectividad.

Un cuarto de siglo ha pasado desde entonces, y este edificio sigue acogiendo a las más variadas manifestaciones de la cultura y tradiciones riojanas contribuyendo a que dicho colectivo mantenga su pujante espíritu y un proyecto de futuro. La visión y determinación que tuvieron sus dirigentes hace veinticinco años atrás, siguen entregando hoy satisfactorios frutos, y a la par, enriqueciendo el multicultural acervo regional de Estadio Español.

Publicado enRevista Estadio Español nº 16 (Diciembre, 2017): pág. 8. Editada por Estadio Español de Las Condes.

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FRANCISCO JAVIER SIERRA MARTÍNEZ. Dirigió con destreza varias instituciones de la colectividad española y en todas dejó su impronta

Por Juan Antonio García-Cuerdas

Colunga es una pequeña villa asturiana, cercana al mar Cantábrico, que acoge a casi un millar de habitantes. Es la capital del Concejo del mismo nombre, que comprende trece parroquias dispersas entre valles y suaves montañas, en medio de un fascinante paisaje de un verde perenne. La zona exhibe variados testimonios de aquellos emigrantes que luego de “hacer las américas” retornaban a su tierra e invertían en ella sus ahorros.

Allí, en una familia con tradición migratoria, nació el 11 de mayo de 1915 Francisco Javier Sierra Martínez, el menor de doce hijos. Efectuó sus estudios en las Escuelas Cristianas de la Salle y una vez concluidos, junto a su hermano Luis, emprendió en 1931 el viaje a Santiago de Chile para unirse a sus cuñados Francisco y Ramón Santos, dedicados al comercio. Un lustro después, y asociado con su hermano Luis y un cuñado, estableció una pequeña tienda de géneros en la entonces pujante calle San Diego. A poco andar, la tienda creció y pasó a la esquina de San Diego con Avenida Matta, surgiendo la Casa Sierra, que llegaría a ser un comercio tradicional del sector.

Frisando los 30 años de edad comenzó a involucrarse en el quehacer de las instituciones de la colectividad española. Participó en el grupo fundador del Estadio Español, que en 1946 daba sus primeros pasos. En 1950, una vez inaugurado, fue tesorero y luego presidente de la rama de Tenis. En paralelo, se incorporó al Directorio general, donde llegó a ocupar la presidencia entre 1958 y 1960, conduciendo a la institución por el mismo camino de expansión y mejoramiento que se habían propuesto sus tres antecesores.

Una vez que dejó la presidencia, sus afanes hispanistas y de servicio a la colectividad se enfocaron en la Sociedad Española de Socorros Mutuos y Beneficencia. Fundada en 1889 y situada desde la década de 1930 en calle Ejército, tenía por entonces más de seis mil socios que confiaban su salud a esa institución. Contaba con un centro médico, cobijado en una gran casona, y dos mausoleos en el Cementerio General.  En 1965, Javier Sierra fue elegido vicepresidente, y presidente, en 1973. Su etapa como dirigente en la “Socorros Mutuos” coincidió con grandes realizaciones: en 1964 levantó un nuevo mausoleo, el nº 3, y en 1972 inauguró un moderno Centro Médico, equipado y atendido por un cuerpo de profesionales multidisciplinario. Sin embargo, el gran sueño era la construcción de un Hospital Español. Para fines de la década de 1970 ya contaban con el proyecto de un edificio de 11.000 m2 distribuidos en nueve pisos. En 1979, junto con cumplir la institución 90 años de existencia, y tras tenaces esfuerzos encabezados por Javier Sierra, se habían iniciado los trabajos que avanzarían hasta concluir la obra gruesa. 

Pero el azaroso destino iba a jugarle una mala pasada. En 1980 su brillante gestión se vio interrumpida abruptamente por un problema de salud que lo obligó a dejar sus actividades como dirigente, entre ellas también la vicepresidencia de la Asociación de Instituciones Españolas de Chile (AIECh), que desempeñaba desde 1971.

Para entonces, el gobierno español lo había distinguido en 1974 con la Real Orden de Isabel la Católica. Justa y merecida distinción para quien destacó por su dinamismo y liderazgo emprendedor, pero también por la generosidad con que prodigó su tiempo desinteresadamente en favor de propios y extraños.

En el plano personal, formó en 1944 una familia con Nora Angulo Campos (Santiago, 1928-ibíd., 2013), matrimonio del que nacieron seis hijos.

Al evocar a Javier Sierra se vienen a la memoria los sugestivos versos que Vicente Lueje, primer colungués emigrado a Chile en 1835, plasmó en una placa colocada en la fachada de su casa, en 1859: En el piélago profundo, me arrojé con gran valor, y navegué sin temor, a lo más lejos del mundo. Qué duda cabe que Javier Sierra Martínez tampoco temió: ni a alejarse de su villa, ni a enfrentar los desafíos. El 20 de marzo de 2003, en medio del respeto y afecto de la colectividad, partió en su viaje definitivo.

Publicado enRevista Estadio Español nº (2017): pág. 2. Editada por Estadio Español de Las Condes.

Fuentes utilizadas: Archivos propios y entrevista al Dr. Luis Cueto Sierra, sobrino de Francisco Javier Sierra Martínez.

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BENIGNO SÁINZ LÓPEZ

Participó en la fundación del Estadio Español de Las Condes y en varias instituciones de la colectividad. En todos los ámbitos, destacó por su sentido humanitario y generosidad

Por Juan Antonio García-Cuerdas

Al suroriente de la provincia de Burgos y enclavada en la denominada Sierra de la Demanda, se encuentra Vallejimeno. Es una pequeña localidad, situada en una dehesa, a poco más de mil metros de altura, rodeada por una abrupta geografía montañosa que conoció mejores épocas en siglos pasados con la lucrativa crianza de ovejas merinas.

En dicho lugar, en el hogar de José Sáinz y Segunda López reinaba la alegría el 28 de junio de 1908 cuando nació el quinto y último de sus hijos, que venía a incrementar la familia y la escasa población local. El nombre sería Benigno, el del santo de ese día. Y para quienes creen que el nombre es un rasgo de identidad de quien lo porta, no era inocuo bautizar a un niño así. Benigno se iría apropiando de este nombre, y a la vez adjetivo calificativo, sinónimo de bondadoso, generoso y humanitario.

Las duras tareas cotidianas de cultivo de las huertas familiares, el inminente llamado a la “mili” y las pocas expectativas que presentaba Vallejimeno para un joven como él, quedaron atrás cuando el año 1926 recibió la llamada de su hermano mayor Fernando, que desde 1911 se encontraba en Santiago de Chile. Había logrado establecerse como comerciante en el sector de Estación Central y necesitaba una persona de confianza que le apoyase en sus negocios. La suerte estaba echada, Benigno, de 18 años, debía partir. Sin amilanarse aceptó el desafío. Tras cuatro semanas de travesía llegó a la bulliciosa Estación Mapocho, donde logró reconocer entre el gentío a Fernando por el parecido con una de sus hermanas.

El aprendizaje del oficio fue fatigoso, las jornadas eran largas. Cuando había posibilidad, se acercaba al frontón del Estadio Santa Laura, afición que había adquirido de niño cuando con otros jóvenes de Vallejimeno usaban la pared posterior de la iglesia para esta práctica.

Pero Benigno sabía lo que quería, su rumbo apuntaba a independizarse, estableciendo su propio comercio, y estaba dispuesto a colocar todo su tiempo, esfuerzo y ahorro. Dos décadas después lo había logrado y era el propietario, junto a su hermano, de los almacenes y fábrica de colchones y somieres El Sur, en calle San Diego. De ahí en adelante tendría más tiempo para desplegar su vocación humanitaria, que desarrollaría sin intermitencias hasta avanzada edad. En 1946, Benigno ya figuraba entre el grupo de dirigentes que firmaron el Acta de fundación del Estadio Español, y al inaugurarse en 1950 formaba parte del primer directorio de la institución.

Pocos años después se involucró además en el desarrollo de la Sección Frontón, con el propósito de mejorar la infraestructura para la práctica de la pelota vasca. De esta sección fue su presidente y un activo deportista hasta la tercera edad, concurriendo a varios campeonatos mundiales como dirigente y entrenador.

Pero sus afanes filantrópicos en favor de la colonia no se quedaron sólo en el Estadio Español, se extendieron también a la Colectividad Burgalesa, de la que fue diligente miembro de su directorio y colaborador hasta su fusión con la Colectividad Castellano-Leonesa, en 1994. Asimismo, entre las décadas de 1960 y 1980, participó activamente en el directorio de la Sociedad Española de Socorros Mutuos y Beneficencia, ocupando el cargo de tesorero e integrando varias de las comisiones internas. El Hogar Español también supo de su ayuda. Recordadas son las travesías en su camioneta por San Diego y calles cercanas, junto a la madre Espíritu, recogiendo donaciones de los comerciantes españoles de la zona.

Benigno era un español de tomo y lomo, que bregaba por el bienestar de sus compatriotas. Nunca se escuchó un mal comentario sobre él; se destacaba su comportamiento intachable, dedicación a la colonia y su honorabilidad comercial. Sus clientes lo apreciaban sinceramente. Sentían que sus colchones durarían toda la vida y quedarían para la siguiente generación, porque Benigno fabricaba cada uno como si fuesen para su propio uso. También cultivó grandes amistades y afectos en el Estadio Español a lo largo de su vida. Su trayectoria como dirigente fue reconocida por el gobierno español, cuando se le otorgó la condecoración de la Orden de Isabel la Católica en justo reconocimiento a sus méritos.

En el plano personal, se casó el 22 de abril de 1959 con Esperanza Cambil Escobar, hija de andaluces, con quien tuvo dos hijos, Mónica y Fernando. La llegada de los nietos –Lucas y Sofía, además de Martín, al que no conoció– fueron parte de sus grandes alegrías, luego de dejar los negocios el año 1986.

Tras una larga y fructífera vida, y con la satisfacción de sentir que había cumplido con su misión en este mundo, se fue de manera discreta, como había sido él, sin sufrimientos ni enfermedad, cerrando sus ojos en la paz del Señor el domingo 8 de marzo de 1998.

Publicado enRevista Estadio Español nº 12 (Mayo, 2016): pág. 2. Editada por Estadio Español de Las Condes.

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MIGUEL PASCUAL SOTO

Su paso por las dependencias de Nevería no fue en vano. La fructífera labor realizada en la institución durante décadas –como tesorero y vicepresidente, entre otras– le valió ser nombrado por el Directorio de la época como Socio Benefactor, en abril de 2014. Se reconocía así su intenso y continuo trabajo en directivas, obras sociales y especialmente benéficas, que fueron su motor central

Por Juan Antonio García-Cuerdas

Miguel Ángel Pascual Soto –que ingresó como socio del Estadio Español a los 14 años de edad, en febrero de 1957– nació en la ciudad de Logroño, en la Comunidad Autónoma de La Rioja, en 1943. Junto a sus padres -Blas Pascual Amestoy y Rosalía Soto Carrillo- y sus hermanos Antonio y Carlos, se radicó en Chile siendo un niño. En los Hermanos Maristas de Santiago finalizó sus estudios secundarios y posteriormente efectuó cursos de corte, confección y sastrería tanto en Chile como en España, lo que le permitiría más adelante dedicarse al comercio. Eligió entonces abrir un taller para fabricar vestuario de niños, adultos y colegiales, actividad a la que se dedicó durante varias décadas. Paralelamente a los inicios de su desarrollo empresarial, formó una familia con Rosé Díaz Auré. Fruto de esa unión fueron sus dos hijos, Miguel y María Victoria. Sin embargo, cuando solo tenía 27 años de edad, enviudó en forma prematura. Tras superar ese doloroso trance, viajó a España, donde se casó con la logroñesa María del Carmen López-Echazarreta Gil, con quien tuvo a su hijo menor, Ignacio.

Su paso por las instituciones de la colectividad española fue muy destacado. La Sociedad Benéfica La Rioja fue su principal desvelo desde 1972 y a lo largo de 28 años. En ella ocupó diversos cargos de responsabilidad hasta culminar –en 2000– ejerciendo la presidencia durante cinco años. En esa institución no solo realizó una tarea directiva, sino también una abnegada labor social de visita y acompañamiento a riojanos en situaciones aflictivas. Allí desplegaba permanentemente todo su humanismo y bondad. Asimismo, fue miembro del directorio de la Sociedad Española de Socorros Mutuos, y participó por años en cargos del Directorio del Estadio Español.

Como sus hijos buscaron su desarrollo profesional fuera de Chile, Miguel Pascual decidió retornar en 2008 junto con su esposa a su querido Logroño y radicarse definitivamente allá. Así estaría más cerca de sus hermanos y de su madre, que ya lo habían precedido en años anteriores. No obstante, no se olvidaba de Chile y solía visitar esta tierra durante breves períodos vacacionales. En esas ocasiones, era habitual verlo a diario en el casino del Estadio saludando y departiendo con sus amigos.

A los 71 años, el 14 de enero de 2015, Miguel Pascual falleció, dejando el recuerdo de su vibrante españolismo, de su carácter altruista y de su amistad entrañable y sencilla.

Publicado enRevista Estadio Español nº 11 (Diciembre, 2015): pág. 2. Editada por Estadio Español de Las Condes.

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RECORDANDO A DOÑA MARGARITA FERRER DE FERRER. FUNDADORA DEL HOGAR ESPAÑOL DE SANTIAGO EN 1916

Por Juan Antonio García-Cuerdas

Desde inicios del siglo XX, un entramado de instituciones –sociales, deportivas, culturales, benéficas, regionales y otras– se fue tejiendo entre los inmigrantes españoles afincados en Chile, con el fin de crear espacios de encuentro, al alero de la común nostalgia por su patria, su gente y sus costumbres. En este proceso, que duró décadas y cuyos resultados aún perduran, llama la atención la históricamente escasa presencia de mujeres en los cuerpos directivos de estas instituciones filantrópicas, situación que ha ido cambiando con los años.

El Hogar Español de Santiago –próximo a celebrar su centenario en 2016– y su fundadora, Margarita Ferrer de Ferrer , constituyen una notable excepción en este panorama.

Nacida en 1883 en la localidad de Inca (Mallorca), se casó en 1904 con Antonio Ferrer Estrany, (Inca, 1883-Viña del Mar, 1953), quien llegaría a ser propietario de una importante fábrica de zapatos ubicada en la Avenida Matta de Santiago. Tuvieron tres hijos: Guillermo, Jaime y Antonio.

A inicios del año 1916, ella vislumbró las tragedias que vivían algunos hijos de familias inmigrantes españolas, cuando alguno de los progenitores fallecía, o bien, cuando la familia caía en la indigencia. No existían ayudas sociales del estado chileno y, en el mejor de los casos, la colectividad intervenía a través de la Sociedad Española de Beneficencia, con una exigua mesada temporal. La situación de abandono y marginalidad en que quedaban los menores terminaba en un drama.

Discurrió entonces, en la necesidad de crear una institución que pudiese cobijarlos. Fue así como el 27 de julio de 1916 logró reunir en los salones del Círculo Español a quince compatriotas, con la finalidad de crear una asociación. Un mes después, el 27 de agosto, se celebró una primera Junta General con la presencia de treinta mujeres que dieron vida a la nueva entidad y designaron a su primer directorio que quedó presidido por Margarita Ferrer de Ferrer y compuesto de un total de nueve directoras. Quedó establecido que se creaba “con el principal objeto de fundar un Hogar Infantil Español, para los hijos de españoles indigentes, y a fin de proporcionarles un ambiente sano para su bienestar personal y para que más tarde puedan ser un elemento útil a sus padres y a la sociedad en general”.

Desde la fundación, ocuparon diversas casas en arriendo o propiedad donde acogieron a decenas de niños, financiando la obra de las más diversas formas. En 1930 los Estatutos se modificaron para crear además “un anexo para españoles ancianos de más de sesenta años que se hallen físicamente imposibilitados”. Al año siguiente, se incorporaron al directorio algunos varones como asesores, aunque siempre en minoría, estatus legal que se ha mantenido hasta hoy.

En 1935 compraron los terrenos de calle Alcántara, en Las Condes, y con la colaboración de buena parte de la colonia, se logró en 1941 terminar la obra gruesa del edificio principal, al que se irían uniendo nuevos pabellones, que darían paso –a fines de 1946– al actual Hogar Español.

Un año antes, el gobierno español le había concedido a Margarita Ferrer la Gran Cruz de Primera Clase de la Orden Civil de Beneficencia.

Sin duda, detrás de este Hogar estuvo ella, quien durante veintisiete años lo presidió, y desde 1948 hasta 1958 continuó como directora, siendo designada ese año Presidenta Honoraria. Mientras su salud se lo permitió, fue una activa asesora del directorio hsta 1970, falleciendo a mediados de 1973.

El Hogar Español –institución que enorgullece a la colectividad y a España– es la suma de muchas voluntades y contribuciones puestas al servicio de un noble ideal de solidaridad. Sin embargo, fue el liderazgo indiscutible, la acción decidida y el empuje constante de su fundadora, acompañada de otras voluntariosas mujeres, lo que llevó a la institución a destacarse y trascender en el tiempo. Hogar Español se apresta a celebrar su centenario el año 1916 y la impronta indeleble que marcó en la institución su fundadora se mantiene vigente.

Publicado enRevista Estadio Español nº 10 (Octubre, 2015): pág. 2. Editada por Estadio Español de Las Condes.

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PADRE JOSÉ GOYENA SARALEGUI: UN PASTOR Y EDUCADOR EN CHILE (Tafalla, Navarra, 1924-Santiago de Chile, 2012)

Por Juan Antonio García-Cuerdas

La huella que el padre Goyena dejó en Chile durante largas décadas de estadía, es indeleble.  Y no es sólo porque la zona de acceso a la capilla de nuestro Estadio sea hoy un Paseo que lleva su nombre, o que figure en el cuadro de honor de los rectores de los colegio Calasanz e Hispano-Americano o incluso que haya sido durante más de tres décadas el capellán de la colectividad española. Es que además el padre Goyena logró ganarse un lugar preferente en el corazón y el afecto de muchos de quienes le conocimos.

Un escritor decía que sólo mueren las personas que queremos, las demás simplemente… desaparecen. Y la muerte del padre Goyena fue muy sentida porque era un hombre querido por muchos, tanto dentro de la colectividad española como fuera de ella. Su sencillez y cercanía, su profunda espiritualidad cristiana y su labor de acompañamiento en la vida de personas y familias le granjearon el cariño sincero de quienes se acercaron a el.

Había nacido en la localidad navarra de Tafalla el 9 de agosto de 1924 siendo el menor de cuatro hermanos nacidos en una familia de profundas convicciones cristianas, formada por Fermín Goyena y Marcelina Saralegui. Los difíciles años que se vivían en la España rural de la época y el ejemplo de Patxi, su hermano mayor que ya había ingresado a la Congregación de los Padres Escolapios, lo impulsaron a seguir la vida religiosa a los doce años, incorporándose al Colegio Escolapio de Tolosa (País Vasco). Inició así un periplo formador que lo llevaría por Orendain, Albelda de Iregua, Bilbao y finalmente Vitoria, donde fue ordenado sacerdote en 1947 con casi veintitrés años de edad.

Preparado para comenzar su misión pastoral, se embarcó en el puerto de Barcelona el 10 de febrero de 1948 con destino a Santiago de Chile, donde llegó veintiún días después. Aquí se incorporó como profesor a los colegios Hispano-Americano y Calasanz, en los que dedicó gran parte de su vida a la formación espiritual e intelectual de sus alumnos. En varias ocasiones ocupó la Rectoría de ambos colegios, marcando durante décadas su personal impronta en ambas instituciones.

En estos colegios puso especial énfasis en estimular las actividades deportivas, y el mismo se transformó en un entusiasta hincha de la Unión Española, a la que seguía asiduamente en las tardes de domingo en el Estadio Santa Laura. Al poco andar la filatelia pasó a ser también otra de sus pasiones, llegando a coleccionar algo más de cincuenta mil sellos. Durante los primeros años en Chile sus retornos a Tafalla fueron esporádicos, pero en los últimos eran casi anuales. Allí se sentía feliz visitando a sus sobrinos y amigos y caminando por las calles de su infancia. No obstante, contaba que la partida, primero de sus padres y luego de sus hermanos, las había  vivido con tristeza a la distancia.

El año 1981 comenzó a ejercer como capellán de Estadio Español, en reemplazo del fallecido padre Fermín Maeztu, también escolapio y navarro. Así fue que lo comenzamos a ver con frecuencia no sólo en la capilla del Estadio, también en acontecimientos de todo tipo. Prontamente sus virtudes humanas y su magisterio pastoral le granjearon el cariño de los fieles. Como orador sagrado sus prédicas eran coloquiales y didácticas, con lenguaje llano apelaba a la bondad intrínseca del ser humano, esa que brotaba de su interior espontáneamente. Sus sermones dominicales nos recordaban a los de aquellos buenos párrocos rurales de la España profunda. Y no se crea que estaban exentos de estilo y belleza en el lenguaje y de fuerza en el mensaje. Poseía gran capacidad de observación de la vida y de los seres humanos, por lo que no se quedaba en ejercicios intelectuales abstractos, prefería concentrarse en el realismo de la cotidianeidad. Y así fue como llegaban con confianza a el, unos para que bautizase a su hijo o nieto, otros para que casase a su hijo, o para que celebrase un misa de difunto. Las colectividades regionales lo buscaban para que celebrase la misa el día de su fiesta. Ahí estaba también bendiciendo las nuevas obras en nuestro Estadio o presenciando la presentación de un libro. Llegó a formar parte del paisaje habitual de nuestra institución con su presencia y una energía que parecía incombustible.

Más de sesenta años dedicados a la enseñanza y tres décadas de capellán de Estadio Español y luego de la Colectividad Española, junto a su ascendiente moral, lo convirtieron en un pilar de la espiritualidad y del hispanismo en nuestro Estadio. Recibió en vida el reconocimiento a su labor a través de condecoraciones, quizás la más importante la Encomienda de la Orden de Isabel la Católica, y también homenajes de casi todas las instituciones españolas de Santiago. Sin embargo, su mayor satisfacción, como el hombre bueno y justo que fue, era el gran afecto que recibía de todos los que le rodeaban, en particular dentro de nuestro Estadio Español.   Nos dejó el 27 de septiembre de 2012 y sin duda durante su ejemplar vida hizo suyas las palabras de San José de Calasanz: “El perfume del buen religioso consiste en hacerse un vivo retrato del ejemplar de toda virtud: Jesucristo, de modo que todas sus acciones, palabras y pensamientos hagan que todos los que lo ven sientan el perfume de Cristo”.

Publicado enRevista Estadio Español nº 9 (Julio, 2015): pág. 17. Editada por Estadio Español de Las Condes.

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